El otro lado que no vende: entre el dolor, el morbo y la posibilidad de redención
Por Arelis García López, Terapeuta Familiar y Educadora
Hace 30 años, la sociedad dominicana fue sacudida por un crimen atroz. Un hecho que no solo arrebató la vida de un niño que apenas comenzaba la adolescencia, sino que dejó una herida abierta en la memoria colectiva de un país entero. Fue una tragedia que muchos vivimos como espectadores, pero que sentimos profundamente, al ver cómo se quebraba la tranquilidad de una familia amorosa y estable, y cómo se evidenciaban las fracturas de una sociedad vulnerable.
Los responsables, dos jóvenes menores de 20 años en ese momento, cumplieron sus condenas de 20 y 30 años de prisión. La justicia actuó, el tiempo pasó, pero la historia sigue siendo traída al presente una y otra vez. No necesariamente para educar o reflexionar, sino, en muchos casos, para alimentar el interés morboso que tanto atrae en esta nueva era de la comunicación inmediata.
Hoy en día, cualquier persona con un teléfono móvil puede difundir contenido sin filtros ni responsabilidad ética. Comunicadores formales y pseudoinformantes compiten por la atención pública, muchas veces recurriendo al dolor ajeno como herramienta de impacto. Y en ese ejercicio, se reabre constantemente la herida de una familia que merece respeto, y se expone a una sociedad que sigue buscando justicia, pero también necesita esperanza.
Sin embargo, existe otro lado de esta historia. Un lado que no vende, que no genera titulares virales, pero que también forma parte de la realidad. Uno de aquellos jóvenes, hoy un hombre de 49 años, ha recuperado su libertad. En su primera declaración pública, expresó arrepentimiento y compartió su proceso de transformación personal durante años de reclusión. Habló de aprendizaje, de cambio, de reconstrucción.
Este planteamiento no pretende minimizar la gravedad del hecho ocurrido. El dolor de la pérdida es irreparable y merece toda la consideración. Pero como sociedad, debemos preguntarnos hacia dónde queremos dirigir nuestra mirada: ¿hacia la repetición constante del dolor o hacia la construcción de una conciencia colectiva más sana?
Desde la terapia familiar y la educación, sabemos que revivir constantemente una herida sin propósito constructivo impide los procesos de sanación. El morbo no educa, no previene y no transforma. Por el contrario, refuerza patrones de violencia simbólica que afectan especialmente a nuestras nuevas generaciones.
Necesitamos cambiar el enfoque. Educar a nuestros jóvenes sobre las consecuencias reales de la violencia, promover la inteligencia emocional y visibilizar historias de transformación que puedan servir como advertencia, pero también como posibilidad de cambio. La redención no borra el pasado, pero puede darle un sentido que contribuya al bienestar colectivo.
No se trata de olvidar. Se trata de aprender sin destruirnos en el proceso.
Basta ya de meter el dedo en la llaga. Apostemos por una narrativa que dignifique, que eduque y que construya. Transformemos el dolor en conciencia, y el arrepentimiento en una oportunidad para humanizar nuestra sociedad.
Porque el otro lado de la historia, aunque no venda, también merece ser contado.

